Soy un vivales


SOY un vivales. Vamos que me las veo venir. Estoy, no estoy, me las piro, me enrollo, subo, bajo, vengo, voy… todo muy suelto. Muy suelto siempre.


Y es que hay que estar con mil ojos. Muy rápido de vista. Estar por delante. Cuando ellos van yo ya he vuelto, y, a ser posible, he arramblao con todo. Que se jodan. Que anden más listos. Así van las cosas. O estás a lo que estás o te fríen. Que les den a todos por culo.


Y que no me vengan con monsergas. Que si no puede ser, que así no se va a ninguna parte, que si esto, que si lo otro… ¡Haber estado más listo, so listo! Yo me pongo encima, me coloco el primero, pillo lo mejor, me cuelo, la lío, agarro el percal, me lo apaño, lo trinco, too pa dentro, venga, lo quiero, una mierda pa ti, que te folle un pez, que te den, so lila, pringao de mierda, anda y vete por ahí, cacho mamón. Largoooooo.


Y si me vienes de lao o por detrás te trinco así, te rebano, te reviento, te fulmino y me largo, me piro, me esfumo, ya me has visto, anda y que te den. ¡Que te des el bote, chaval!


Y no hay más. Ya lo sabes. Que aquí, o corres o vuelas, y nada más. Ya te digo.


Sept. 06

Soy una petición del oyente


SOY una petición del oyente. A ti, Elvirita, que hoy cumples años, a ti, Roberto, por haber aprobado todos los exámenes de Septiembre después de tantos sacrificios este verano, a vosotros, Mercedes y Aurelio, por vuestro aniversario… Me dedico a cada uno de vosotros, sin dobleces, sin más melancolías que las que pueda traeros mi pobre canción, con la entereza y la calma de esta alegre mañana de sol, los ecos de mi sensiblera música retumbando por las ventanas de los patios de vecinos. Me dedico a todos aquellos que nombro como si fuéseis de la familia, porque sois de esta emocionada y distante familia que es la ciudad, el día, las ondas de la radio, el cielo sobre las calles y las plazas, el silencio y el pesar de las ánimas…
Y al citaros con mi voz sencilla, escueta y sabiohondilla de locutora redicha, de timbre alegre y colores en la mejilla (porque así lo exige trabajar en la emisora), os mezclo con el destino entreverado de vida y muerte de sencillos y mediocres seres anónimos que somos unos y otros, para conformar la cotidianeidad de este viernes de plancha y arroz a la cubana. Y a todos os hago santos, a todos efemérides, crónica celeste de la mañana, recoleta envidia, regocijo y sorpresa, juego del tras-tras, recuerdos y besos de la tía Engracia salpicados de babas de honor y celebridad universal, que es lo que tiene la radio, que a todos los rincones llega.

Sept. 06

Soy un poeta cuando duermo



















SOY un poeta cuando duermo. Cuando aún no me han agarrado estos brazos sudorosos que me zarandean, me acosan, me quitan las fuerzas para volar, que me vuelven incrédulo, hastiado, real, despierto. Puedo volar por esos aires despejados e incólumes cuando recuerdo y sé que tengo alas, y las muevo, aleteando y elevándome sorprendentemente sobre el denso y cadavérico tizne de petróleo que contamina microscópicamente cada gota de mar, que nos pringa las plumas y nos las deja inútiles, amazacotadas, amputadas, sin apenas dolernos de ello cuando despertamos.

Solo regresando a los sueños de forma estricta y voluntaria cada mañana, o al menos al sorprendente mapa que quedó abierto sobre la mesa tras el viaje olvidado de la noche, puedo alimentar mi espíritu de poeta. Braceando con torpeza en el fango de la vida vigilante, luchando por tomar el aire no contaminado, a veces tan arriba, tan lejos… Pero es un esfuerzo que siempre recibe recompensa. Siempre... Moverse con libertad por el espacio interior de los pensamientos, las emociones, los juegos de palabras, los encuentros inesperados, las ilusiones olvidadas, las misteriosas chispas de luz, sorpresas de sonidos y consonantes que componen formas vivas, gestos que hacen llover finas palabas, presencias deletéreas de rasgos maravillosos, juegos de sonrisas y rugosidades delicadamente ambarinas, o tersas, flamígeros semblantes…

Volver cada día, con el esfuerzo del poeta, a recuperar del fondo de los sueños la eterna poesía.

Soy un puñal atrapado en una herida

SOY un puñal atrapado en una herida. Lo siento, sí, no tengo excusa: herí. Busqué el calor de la muerte, el negro resplandor de su morada por entre las claras carnes de mi víctima. Reconozco que hice bien mi trabajo y me bañé en un sedoso lago de sangre, como ansiaba desde que nací. Para eso nací.

Pero no esperaba este recibimiento, sinceramente. Mi acero rechaza la idea, y más aún esta sensación tan insoportablemente voluptuosa, de haber sido acogido con satisfacción por un cuerpo palpitante. No puedo soportar esta sumisión. Yo necesito desgarrar tejidos, tronzar nervios, seccionar arterias, penetrar un cuerpo abriéndome paso brutalmente pero al tiempo sutil y delicadamente. Porque es mi filo mi razón y mi ánima. Es mi aguzada punta mi esencia última…

Así no. No puedo soportar haber sido besado con pasión por unos labios que yo mismo he creado con mi estocada, o que me deseen unas carnes que yo abrí para herir y desangrar.

Y sin embargo… Sin embargo sé que no podré resistir mucho más tiempo los embates del amor.

Mueren estas entrañas, se marchita esta piel, se enfría este cuerpo que me envuelve, que me solicita, que me posee, que ansía copular conmigo en sus últimos estertores. Y yo… Yo quiero morir con ella. Morir con mi herida. Llegar de veras y por una vez hasta el final.

Hasta la muerte de la maldita muerte que engendró mi estirpe.

Soy un ladrón con un abrigo gris















SOY un ladrón con un abrigo gris. Robo cerezas, relojes, miradas y otras pequeñeces, pero cuando me enturbio en las noches de luna seca y ambarina, robo monumentos, pararrayos, anuncios de neón y hasta aeropuertos enteros, con viajeros, maletas, azafatas y todo.

Soy terrible, inquietante, voluble, pero también comedido y esteta, y en un rapto de genialidad o de desesperación me embolso de repente, así, con un gesto de mi mano, la noche al completo, sintiendo palpitar entre mis dedos millares de suspiros, el polvo de los ladrillos o las grietas, el vértigo del miedo o el cansancio de sus habitantes, y el parpadeo incansable de sus semáforos insomnes.

En los bolsillos de mi abrigo caben ciudades enteras, aromas de todo tipo, zapatos de tacón plateados –los que más me gustan–, plazoletas, mariachis estridentes y tristes y todo lo que adorna los salpicaderos de los camiones de gran tonelaje, o incluso el contenido de sus guanteras.

No tengo frío nunca, pero mi abrigo es mi capa y mi zurrón, y a grandes zancadas viajo por las avenidas y las encrucijadas como una sombra incierta.
Si el sueño o el cansancio se ciernen sobre mis ojos, los espanto como se espanta a las moscas. No tengo tiempo para surcar otros territorios del deseo: hay mucho trabajo en este duro silencio urbano, bajo el cielo sin estrellas. Nací para mantener avivados todos los fuegos, las llagas y las quimeras. No tengo tiempo más que para robar espejos de niebla, pasquines enardecidos, trayectorias de las aves, azulejos.

A veces vuelo cortas distancias, o mi sombra escala edificios altos, y tomo esto, aquello. Imposible saber de antemano qué es lo que mi apetito desvalijador deseará a cada instante. Quito de aquí y de allá, sin prejuicios ni resentimiento.

¿Merodeador? Ése es mi carácter más significativo. Pronuncio palabras precisas, a veces forzado por las circunstancias, a veces grito una frase, a veces río a carcajadas y mis grandes dientes iluminan los rincones más ocultos. Otras veces, según el espíritu de la noche me dicta, camino en línea recta sin mirar a las ventanas encendidas ni a los umbrales de las puertas. Digo “OK” y silbo.

Lo que más pereza me da es el recuento del botín. Cada amanecer, en mi buhardilla, esparzo sobre mi cama el alijo que he conseguido. Mezclado con las pelusas de mis bolsillos aparecen enredados un candado de bicicleta con un torbellino de lavabo, un resplandor de faros de un escaparate con una rama de castaño de un parque, un bolso de lamé y una bolsa de patatas fritas. Todo lo echo en un cajón de mi enorme armario ropero de tres cuerpos. Luego me quito el abrigo y espero callado, en tensión, la llegada del sol.

Me gusta solazarme viendo los tejados, y olvidarme de que existo.

Soy una anémona

SOY una anémona que está ahí plantada en la suavidad amorosa de la nada, resbalando desde el mí en el mí, atrapada en el puro placer de lo inútil, como se reafirma la sedosa clara del huevo en su inconsistencia,
perennemente formándose en lo informe, autorreferida, autoverificada (o, sencillamente, descansando vuelta de espaldas), adoradora del poco conocido fulgor de la incertidumbre,
perezosa como las babas de un soñador impenitente y, por el momento y como debe ser,
ajena a mis más graves y a mis más estúpidas inquietudes.

Soy una anémona viscosa, deslucida, de tacto infame, y aspiro a que ni mucho menos me entiendas ni tú ni nadie. Y eso sí que será un verdadero descanso. Ya lo creo.

Soy un señor en la cuerda floja


SOY un señor bien arreglado y con bigote (pero sin corbata, que hace mucho calor) que camina sobre una cuerda tensada entre dos de los edificios más altos de la ciudad. Debajo de mí se arremolina la gente en una gran avenida sin coches, pues se ha cortado el tráfico espontáneamente: nadie quiere que me estrelle contra su precioso coche y se lo deje abollado.


Y, sinceramente, estoy bastante asustado. Tanto que ahora mismo volvería sobre mis pasos y renunciaría a seguir avanzando, si no fuese porque ya estoy a mitad de camino y dar la vuelta sobre la cuerda resulta, al menos para mí, bastante dificultoso. Vamos, que sé que me estamparía contra el suelo más fácilmente que si sigo adelante. No sé por qué narices me he metido en esta absurda situación, pero lo que sí puedo afirmar es que no quiero…, es decir, que no puedo soportar más esta tensión. ¡Que no puedo! ¡Que no puedo! ¿Es que no me oís?

Nada. Ni caso. Ya puedo matarme a gritar. La gente se queda ahí abajo, callada, expectante, con el corazón encogido, dándome ánimos en su pensamiento... No, si ya lo sé…, si ya sé que nadie quiere que me mate, que el público es muy bueno, y que todos, conociendo mi angustia, si pudieran me llevarían hasta la azotea del otro edificio en la palma de su mano… Pero la realidad es que… nadie hace nada efectivo por ayudarme. ¿Tengo que repetirlo otra vez? ¡Por favor, quiero bajarme ya de aquí! ¡Ba-jar-me! ¡Estar ahí, en el suelo, con todos ustedes! ¿Lo quieren más claro? ¿ Tan difícil entender lo que digo...? ¡Ya está bien!

Bueno, pues al final me he sentado en el cable de acero, cansado de estar de pie y de implorar ayuda, y me he puesto a llorar desconsoladamente. De puro pánico, la verdad. Alguien me ha pasado un paquete de pañuelos de papel y un bocadillo de jamón con una cuerda y, así, poco a poco, se me ha ido pasando el llanto y me estoy comiendo el bocadillo entre amargos suspiros. Pero ya noto que el jamón me está dando nuevas fuerzas, y que el cansancio se me va pasando. Mira, ¿ves? A eso lo llamo yo ayudar. Aunque, la verdad, al principio no quería que me enviasen nada. Qué estupidez, pensaba yo, ¿para que quiero un bocadillo a estas alturas, quiero decir, en estas circunstancias? Pero ya ven, tanto me he animado que he pedido también un cuaderno y un bolígrafo, y en cuanto me ha llegado el paquetito me he puesto a escribir mi autobiografía. Y la he empezado precisamente con esto que están leyendo —aprovecho, ya que me he puesto—. Así que aquí me tienen, sentado en mitad de una cuerda tendida sobre el abismo, entre dos rascacielos y sobre un público que se está empezando a aburrir y que, en número cada vez más creciente, se está marchando a su casa a ver alguna serie de televisión, supongo yo.

Y es que no hay quien entienda a la gente.

Soy un grifo cerrado

SOY un grifo cerrado a (plena) conciencia. Ni una gota de agua, ni una gota de tinta, ni una lágrima más. Ni sangre, ni sudor, ni mucho menos semen. Ni saliva, ni duelo, ni estupor, ni mucho menos cariño. Ni desprecio, ni displicencia, ni mucho menos deseo. Ni tan siquiera disconformidad. Recuerda tú, miedo mío a tu miedo, vengas con el rostro que vengas: Ni una gota más resbalará por mi garganta hacia tu sed, por mis venas hacia tu pozo, por mis mejillas hacia tu mármol, por mi piel hacia tu pecho, por mi boca hacia tu frente. Nada en mí saciará ya tu oculta sed de fiebre, de sol, de ardientes cielos, tu insincera sed. 

Ni una gota tampoco para humedecer tus ojos resecos y adormecidos. ¿Por qué no descansas mejor tu mirada en esos grandes lagos flotantes que a todas partes te acompañan como una esperanza y que a punto están siempre de desbordarse y de inundar de frescura tu sombra?

Soy un seductor instantáneo


SOY un seductor instantáneo, que por la fuerza de su fe en la vida arrastra las (as)perezas adheridas a cada aliento que el uso cotidiano de la existencia genera en las comisuras de los minutos. Primero en los propios míos, en los así llamados redaños, que son los litros de aspiración que cada cual toma por sí mismo del pulmón de la Historia.

Y luego en las esperanzas que los demás ponen sobre la mesa, como naipes boca abajo, temerosos de ser ases o reyes. Y yo las incito a ser amplias y generosas, y por lo tanto indestructibles.

Soy un seductor de instantes, un minucioso director de pista del circo de lo cotidiano, al frente de un absurdo elenco formado por domadores de sonrisas feroces, trapecistas en permanente salto mortal sobre el neutro fondo sin red de la mediocridad, payasos ridículos, fracasados y libres, equilibristas ebrios que construyen sus torres humanas firmemente bamboleantes... .

Soy un seductor independiente que acaba de descubrir que la muerte se introduce en nuestras llagas de cada día descolgándose sobre ellas desde una tela de araña tejida con hilos de profundo aburrimiento.

Soy de aquí


SOY de aquí. Hay un modo de ser cada uno de su ciudad que todos hemos olvidado haber aprendido. Cada ciudad tiene sus reglas tácitas, sus normas secretas, sus rutinas, sus códigos para entrecruzarse miradas, sus formas de arrastrar los pies. Hay un modo de sentirse próximo a los demás y hasta de caminar distraído. Hay una forma de no pedir café en un bar, maneras específicas de expresar entusiasmo, o soledad, o admiración por el color de la luz de su cielo, y elaborados métodos para manifestar desinterés.

Hay un modo de caminar de noche, por ejemplo, en cada ciudad. Yo, personalmente, camino por el centro de las calles de mi barrio para sentirme tan rey de ellas como el que más. E intento abrazar, en mi mente, a todo lo que sale a mi paso, porque la noche nos hace comprender más fácilmente a todos que pertenecemos a una misma familia, a un mismo clan.

Hay innumerables y eficaces mecanismos mentales propios de cada ciudad para expresar insatisfación (en la mía cada día se inventan dos), pero rara vez alguien alguna vez muestra un gesto de complacencia. Digamos: trasmite la sensación de que otra vez hoy ha asumido, con todas sus consecuencias, haber nacido. Y haber nacido libre (aunque sea en lo más fondo del todo).

Ese gesto, esa mirada tan hermosa y tan necesaria, sin embargo es universal

Soy un abrazo perdido

SOY un abrazo perdido en el andén de una estación. Un abrazo ambulante que no sabe volver a casa: no sé cuál es mi casa. Tánta emoción, tánta intensidad flotando en el aire, traspasado por los vientos gélidos que vienen de aquel extremo del andén, del extremo frío y soleado por donde entran los expresos que vienen de la capital… No quiero desaparecer. No puedo. Soy una promesa, un juramento, un ánsia de felicidad, una verdad irrebatible, y me siento demasiado responsable: sé que soy necesario para el universo. Imprescindible, incluso. Mucho más que esas especies de animales protegidas, a las que hay que cuidar para que no se extingan. Soy como un hijo perdido, pero sin forma, sin rostro, abandonado en medio de la nada de las afueras de una ciudad de la que solo sé su nombre, escrito en el rótulo de la estación. Y me resisto a disolverme en el aire, como uno de esos fantasmas que a veces vienen por aquí a altas horas de la noche, tristes y meditabundos, buscando un poco de calor.
Se ríen de mí, ya lo sé. Pero yo no necesito compañía: tengo mucho, mucho amor dentro… Cuando una brizna de mi cálida pasión está a punto de escapar de los bordes de mi espiral, me recojo suavemente de nuevo hacia mi centro, como una pequeña galaxia condenada a no poder expandirse más, y así me mantengo, abrazado constantemente a mí mismo, protegiéndome de las corrientes de aire y de las turbulencias que producen los trenes que no se detienen.
Estoy solo, porque los abrazos que vienen y van tienen siempre sus dueños, sus corazones. Pero no tengo miedo. Sí, ya sé que no voy a poder existir eternamente: todo lo derrite el tiempo, es cosa sabida. Sólo espero una feliz ocasión en la que pueda entregarme por entero, como un soplo divino, al pecho de algún viajero, de un hombre o una mujer que esté ansiando enamorarse.
Aunque, la verdad, con esa luminosa esperanza en la mirada, hay pocos.


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